Bloqueo emocional

Bloqueo emocional: cuando sobrevivir fue la única opción

Hay días en los que sucede algo bonito y sonríes, pero por dentro apenas se mueve nada.

O alguien te pregunta cómo estás y respondes «bien», no porque quieras ocultarlo, sino porque, sinceramente, no sabes muy bien qué contestar.

Quizá hace tiempo que no lloras, aunque sientas que lo necesitas. O notas que las cosas que antes te emocionaban ya no despiertan lo mismo en ti. Trabajas, quedas con gente, cumples con tus responsabilidades… pero tienes la sensación de que llevas demasiado tiempo funcionando en automático.

Y a veces aparece una pregunta difícil de responder: 
¿Qué me pasa?

Muchas personas llegan a consulta con esa sensación. Creen que han dejado de sentir, que se han vuelto frías o que hay algo dentro de ellas que ya no funciona como antes.

Cuando esto ocurre, es frecuente nombrarlo como bloqueo emocional.

¿Qué es un bloqueo emocional?

Solemos hablar de bloqueo emocional cuando nos cuesta conectar con lo que sentimos, ponerle nombre a nuestras emociones o expresarlas.

Puede sentirse como una desconexión de una misma. Como si las emociones estuvieran muy lejos o nos costara acceder a ellas. Hay personas que lo viven como un ir en «piloto automático». Otras sienten que reaccionan poco incluso en momentos importantes. Y otras simplemente dicen que ya no saben qué necesitan, qué desean o cómo están realmente.

Sin embargo, entender el bloqueo emocional como una ausencia de emociones puede llevarnos a una conclusión equivocada.
Porque, muchas veces, el problema no es que hayamos dejado de sentir.

No dejaste de sentir, aprendiste a protegerte 

Nadie decide de un día para otro apagarse emocionalmente.
Lo vamos aprendiendo poco a poco.

Aprendemos a tragarnos el llanto porque sentimos que no hay espacio para él.

A esconder la rabia porque expresarla trae consecuencias.

A minimizar el miedo porque hay que seguir adelante.

A decir «no pasa nada» cuando, en realidad, sí está pasando.

Y, con el tiempo, esta forma de protegernos deja de aparecer solo en los momentos difíciles y puede convertirse en la manera habitual de relacionarnos con lo que sentimos.

En la mayoría de los casos, no fue una decisión consciente. 
Fue una adaptación.
Una respuesta profundamente inteligente que encontramos para seguir adelante con los recursos que teníamos en aquel momento y en aquellas circunstancias.

Aprendemos a protegernos de la mejor manera que podemos. 
Nuestra forma de sentir, de pensar, de relacionarnos con los demás e incluso nuestro cuerpo van adaptándose para ayudarnos a sobrevivir.

No porque haya algo defectuoso en nosotras, sino porque esa fue la mejor opción que nuestro organismo encontró en el contexto que estábamos viviendo.

Y por eso es necesario mirar el bloqueo emocional desde otro lugar.

No como un fallo.
Sino como un mecanismo de protección que, probablemente, un día fue necesario y nos permitió caminar hasta aquí.

Cuando dejamos de sentir unas emociones, otras también se apagan

A veces pensamos que podemos cerrarle la puerta solo al dolor, para no sufrir. Y tiene sentido que lo intentemos.
Pero las emociones no funcionan así.

Cuando aprendemos a desconectarnos de la tristeza, muchas veces también nos cuesta conectar con la alegría.

Cuando queremos mantenernos alejadas del miedo, también pueden ir perdiendo fuerza la ilusión y el deseo.

Cuando dejamos de sentir rabia, quizá también nos resulte más difícil reconocer lo que necesitamos, poner límites y ocupar nuestro lugar.

No podemos elegir anestesiar solo una parte de nuestra experiencia.

Cuando aprendemos a contener lo que sentimos para protegernos, poco a poco toda nuestra vida emocional va perdiendo matices, significado e intensidad.

Y entonces puede aparecer esa sensación tan difícil de explicar: la vida sigue, pero cuesta sentirse realmente dentro de ella.

Lo que sentimos necesita encontrar un lugar

Hay personas que viven con una frase muy presente: 
«No siento nada.«

Y, sin embargo, cuando poco a poco empiezan a darse cuenta de lo que ocurre en ellas, descubren que quizá sí estaban sintiendo. Solo que no como esperaban.

La mandíbula permanece apretada.

Los hombros están en tensión.

La respiración apenas baja al abdomen.

El estómago se encoge con frecuencia.

El cansancio se ha vuelto habitual.

El sueño ya no es el mismo.

La ansiedad aparece sin que parezca haber un motivo claro.

El cuerpo expresa aquello que todavía no hemos podido reconocer.
Dicho de otro modo, cuando durante mucho tiempo lo sentido no ha podido expresarse de una manera, suele intentar hacerlo de otras. 

Y no es que las emociones hayan desaparecido.
Lo que sentimos sigue formando parte de nosotras.
Pero necesita un lugar lo suficientemente seguro para poder existir. 

Recuperar el contacto contigo

No todas las personas viven un bloqueo emocional de la misma forma.

Puede que te cueste llorar, incluso cuando sientes que lo necesitas. O que no recuerdes la última vez que algo te emocionó de verdad.

Quizá evitas conversaciones, lugares o situaciones que sabes que pueden removerte. Mantenerte ocupada, distraerte o que te cueste parar es otra posibilidad, pues permanecer activa te resulta más fácil que detenerte a sentir.

También puede ocurrir que, después de mucho tiempo conteniéndote, las emociones aparezcan de golpe y con intensidad: un llanto inesperado, una explosión de rabia o una reacción que ni tú misma consigues entender.

A veces te cuesta tomar decisiones, y no porque te falte capacidad para pensar, sino porque te resulta difícil saber qué quieres realmente.

Otras personas describen una desconexión tan profunda que sienten una especie de vacío interior, como si algo importante faltara dentro de ellas.

Y muchas conviven con un cuerpo permanentemente en tensión, con fatiga, alteraciones del sueño o cambios en el apetito, sin relacionar necesariamente todo esto con lo que están viviendo emocionalmente.

Cuando llevamos mucho tiempo viviendo así y lo identificamos como un problema, es normal querer encontrar la forma de “volver a sentir” cuanto antes.

Sin embargo, recuperar el contacto contigo no sucede rápidamente ni porque te obligues a sentir. Tampoco persiguiendo que aparezca una gran emoción.

En muchas ocasiones, el camino comienza por algo más esencial: comprender para qué apareció el bloqueo y crear, poco a poco, las condiciones para que deje de ser necesario.

Por poder mirarte sin juzgarte.

Por crear el espacio suficiente para darte cuenta de lo que sí está ocurriendo en ti.

Cómo respiras cuando dices que no te pasa nada.

Dónde se acumula la tensión.

Qué ocurre en tu pecho cuando alguien te pregunta cómo estás.

Una lágrima que asoma.

Un cosquilleo en la tripa.

Un nudo en la garganta que, por primera vez, no necesita esconderse.

Si quieres que te acompañe

Si llevas tiempo sintiéndote bloqueada emocionalmente, quizá hayas llegado a pensar que algo dentro de ti está mal. 

Quiero decirte que eso no habla de un error ni de una incapacidad. 

Habla de una necesidad de protección que, en algún momento de tu vida, tuvo sentido y te ayudó a continuar.

Si estás leyendo esto y te reconoces. 
Si surge en ti una pequeña curiosidad o la posibilidad de que esta ya no sea la única forma posible de vivir…
No tienes que hacer el camino sola.

Si crees que ha llegado el momento de acercarte, poco a poco, a esa parte de ti de la que un día necesitaste alejarte, puedes ponerte en contacto conmigo.
Y vemos juntas si este puede ser un buen lugar para empezar el camino.

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